lunes, 7 de julio de 2008
Vos sabés
Hoy quiero compartirla con vosotr@s.
martes, 1 de julio de 2008
Más oposiciones, cumpleaños y otras divagaciones
Esta tarde, cuando ya todo había acabado, hemos dormido la siesta juntas, como de costumbre. A las dos horas se ha despertado apaciblemente y ha permanecido un ratito a mi lado, sin decir nada, acariciándome la cara con sus pequeñas manitas. Esto ha sido revelador. Después de varios días en los que despertaba casi llorando, vaya si ha sido revelador.
Esto me hace pensar si valdrá la pena el esfuerzo de estos días. Me angustia pensar en que Aitana pueda haber "sufrido" un poco por nada. Ya son 5 años de presentarme a los exámenes y siempre es la misma historia: cuando no son los méritos (escasos) es una baja nota en las pruebas o suspendes directamente...
En fin, ya no sirve de nada "comerse la cabeza", lo hecho, hecho está. Dentro de unos 15 días más o menos publican los resultados. Ojalá este año sea el último año de oposiciones.
Hoy, además, ha sido mi cumpleaños. 29 años ya, uno menos para llegar a la treintena. El primer año que cumplo como "mamá". Creo que me voy a regalar un feliz sueño junto a las dos personas que más quiero.
Gracias por aguantar estos pensamientos confusos. Hoy ha sido un día duro.
Feliz cumpleaños.
sábado, 21 de junio de 2008
Oposiciones y pasitos
Ultimamente no he tenido mucho tiempo para actualizar el blog, ya que el día 25 es el primer examen de oposiciones y he estado ocupada repasando mis apuntes.
Así que entre los exámenes y los primeros pasitos (agarrada a las manos) de Aitana no he podido escribir nada.
En cuanto acabe el examen prometo escribir la tercera y última parte del embarazo de mi hija, que no me he olvidado. Y contaros algo más sobre la aventura de aprender a caminar.
Deseadme suerte!
lunes, 2 de junio de 2008
Fiebre...

El domingo por la tarde, al despertar de la siesta la noté caliente. Tenía fiebre. En 10 meses es la primera vez que ha enfermado, y curiosamente ha sido tras la primera vez que nos hemos separado más de 2 horas. No puedo evitar relacionar estos dos hechos. ¿Casualidad? ¿O causalidad?
Esto me ha hecho pensar en lo rápido que enferman los niños y niñas cuando comienzan a ir a la guardería. ¿Enferman por la proliferación de virus y bacterias en los centros? ¿O se debe a la separación prematura de sus familiares? Tal vez sea un poco de todo. Somatizamos enfermedades que sólo existen en nuestra cabeza. Eso, los adultos, que disponemos de herramientas para reflexionar y meditar sobre nuestros problemas, nuestros miedos y angustias. ¿Qué herramientas posee un bebé para asimilar el dolor y el pánico que siente al no saber si mamá volverá a aparecer cuando le dejan en la guardería? Esa angustia ha de "salir a flote" de alguna manera, en forma de despertares nocturnos, pesadillas o tal vez de enfermedad.
Quizá sea casualidad, pero ¡qué casualidad!, que la primera vez que me separo de mi niña sea la primera vez que tiene fiebre. Me marcho a darle mimitos y mucho amor para que se cure.
jueves, 29 de mayo de 2008
Cuanto tú y yo fuimos una (2ª parte)
A medida que mi vientre crecía se disipaban los temores y las dudas. Mis días se empapaban de la cotidianeidad de la escuela, rodeada de niños y niñas. Así te desarrollabas tú en mi útero, escuchando sus risas y sus juegos. Pero al llegar a casa te cantaba canciones de cuna mientras me duchaba, y, después me deleitaba observando en el espejo la redondez creciente donde te escondiste durante 42 semanas.
Yo te seguía llamando “bichito”, mientras te acariciaba a través de piel y tejidos. Eras mi dulce interrogante, aunque he de confesar que en sueños intuía que eras la niña que hoy eres, como si tú me hablases a través de la corriente sanguínea, a través de los fluidos.
Recuerdo con gran emoción el día que pronuncié tu nombre con certeza. Fue a las 20 semanas de embarazo. El doctor, de serio semblante y voz un tanto fría, fue nombrando cada sistema de tu pequeño cuerpo. Todo crecía como debía. “Corazón… normal; riñones… normales…” Tus órganos aparecían en la pantalla y aunque yo no entendía nada, miraba ilusionada la oscilante y cambiante imagen, como en cada ecografía: una ventana a tu pequeño mundo. Finalmente el doctor preguntó si sabíamos el sexo del bebé, y si queríamos saberlo. Yo contesté que sí quería saberlo, y él respondió “sexo… femenino”. Una lágrima de emoción rodó por mi mejilla. Ya tenías nombre: ya eras Aitana. La felicidad eras tú.
A partir de ese momento, al ponerte nombre, la espera se hizo más real. Y, paradójicamente, a partir de ahí todo fue mágico. Los primeros movimientos, que comencé a notar unas semanas antes, aunque difusos, se hicieron patentes, como si dijeras: “sí, estoy aquí, estoy creciendo”. Bailabas en mi vientre al son de las canciones y de la música de violín que mamá comenzó a ponerte cada noche, antes de irse a la cama. Yo me dormía mecida por tu vaivén, y no sabes cómo a día de hoy todavía te echo de menos de esa forma.
Participabas de cada faceta de mi vida, integrada en mí, del mismo modo que yo participaba de ti y de tu crecimiento diario. Te agitabas en la escuela, al escuchar las voces agudas de los niños y niñas más pequeños, que comenzaban a preguntar por ti, por mi creciente barriga y por otros misterios de la vida. Sin embargo te quedabas quieta, dormida, cuando escuchabas mi voz y en los plácidos paseos de la tarde.
¡Cómo echo de menos aquellos momentos! Papá, más consciente de tu existencia, acariciando mi barriga, así nos dormíamos los tres. Los primeros regalos, minúsculos vestiditos que quedaron guardados junto a calcetines de “juguete”. Cada cotidiano acontecimiento en nuestra sencilla vida nos hacía soñar cómo sería cuando tú estuvieses a nuestro lado. ¡Cómo echo de menos imaginarte!
El segundo trimestre finalizaba mientras yo tachaba los días en el calendario, cada día era un día menos para verte, para olerte, para tenerte. Y sin embargo, nunca volveremos estar tan unidas como entonces, como aquellos días felices que ahora son sólo recuerdos… pero ni siquiera entonces pude imaginar que sería posible la existencia de un amor tan puro e intenso como el que ahora siento.
Continuará…
lunes, 26 de mayo de 2008
Menos tu vientre
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.
Miguel Hernández
El poema hecho canción en voz de Serrat
miércoles, 14 de mayo de 2008
Cuando tú y yo fuimos una (1ª parte)
(Primer trimestre)
Hoy quiero contarte, mi hija, cómo empezó tu existencia. Cómo, en el principio, tú y yo fuimos una sola, y compartimos el todo en un período de tiempo que se hizo tan eterno como breve, y que fue, sin lugar a dudas, una de las etapas más extraordinarias de mi vida, y, claro está, de la tuya.
Antes de existir siquiera, ya te instalaste en mi mente como una idea vaga de la felicidad. Y, pronto, dejaste de ser una idea a ser un propósito. Pronto, dejaste de ser un pensamiento indefinido y fuiste la esperanza común de tus padres. Sin darnos cuenta, vivías ya en nuestros corazones con la sola idea de tenerte.
No tuvimos que esperar mucho. Enseguida te anunciaste. Antes de tener la certeza ya intuía tu presencia: una incomodidad extraña, un dolor diferente al resto de meses me dio la pista. Sin embargo, papá tuvo que ver plasmado el positivo en el segundo test de embarazo comprado con urgencia porque no podía esperar más a corroborar lo que yo ya sabía: ya estabas con nosotros. En esos momentos no puedes imaginar lo que sentí. Era como asomarse a un abismo: vértigo, miedo, ilusión, felicidad… todos esos sentimientos al mismo tiempo. Tal vez porque intuía que ya nada iba a ser como antes, que semejante noticia abría una brecha en mi historia: antes y después de ti. Con la mano temblorosa sujetaba el test de embarazo a la vez que sonreía, nerviosa. “Esto es un sí, ¿no?” Y así papá se enteró, y nos fundimos en un abrazo que recordaré siempre.
Los días inmediatos a aquel día se desdibujan. Los recuerdos se confunden. Sé que queríamos esperar a darte a conocer, pero simplemente no pudimos o más bien fui yo la que no pude. Quería que todo el mundo lo supiera, quería compartir mi alegría con todos. Muchos de nuestros allegados se sorprendieron, “¿ya, tan pronto?, pero predominaron los abrazos y los besos, y los “enhorabuena” de corazón.
Recuerdo que había momentos en los que yo todavía dudaba de si estabas ahí o no. El estómago del revés me decía que sí. Gracias a eso, gracias a ti, dejé de fumar de inmediato. Te estaré siempre agradecida.
Recuerdo ahora esas primeras semanas de embarazo, cuando una todavía no se siente del todo embarazada, y teme dejar de estarlo. Cuando las hormonas hacen de las suyas y te invade un sueño horroroso cuánto menos te lo esperas. Cuando quieres ver por primera vez a tu bebé y no es más que un puntito negro flotando en un mar de ilusiones (pero es tuyo, es tu puntito)… En esas semanas tuve pérdidas (fue una vez y no se volvió a repetir) y casi sentí morir ante la posibilidad de perderte. Llegó el reposo, y llegó la desesperación, las dudas y el miedo. En ese tiempo trabajaba lejos de casa, unas dos horas y media de coche diarias. La doctora me recomendó reposo. Aunque el riesgo era leve, existía. Lloré durante casi una hora.
Y es que tú, tan diminuta como un alfiler, inundabas cada minuto del día. ¿Cómo podía ser? Menos mal que ahí estaba papá, cuidando de mí como no lo hizo nadie. Aguantándome, en cierta manera, mi mal humor, mis miedos, mis angustias… animándome y amándome, estando siempre a mi lado. Mis padres también estuvieron ahí. Mi madre, ¡cómo no!, ¡cómo la entiendo ahora!, también, dándome su amor en forma de guisos y ayuda incondicional.
Los días y las noches fueron largos, aunque ahora quedan tan lejos... La visita médica justo antes de las vacaciones de Navidad nos hizo respirar tranquilos. Tú seguías adelante, y ya no eras sólo un punto, eras un pequeño renacuajo con un fuerte corazón que ya latía. Fueron unas navidades inolvidables, sobre todo para nosotros tres.
El 2006 finalizaba, el año en el que tu padre y yo nos casamos, el año en el que tu corazón comenzó a latir, el año en el que dejamos de ser dos para ser tres, para ser la familia que ahora somos. El 2006 finalizaba, y con él el primer trimestre de embarazo. Una incipiente barriguita comenzaba a asomar, disipando los miedos, ayudándome a asimilar mi nuevo papel, el de madre gestante.
Continuará…
