jueves, 3 de diciembre de 2009
Alicia ha nacido
Alicia nació el 8 de octubre en el Hospital de Manises, en un parto natural muy respetado. Pronto espero escribir mi relato de cómo ocurrió todo.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Vuelta al cole
He estado mucho tiempo alejada de este pequeño rincón. Me he tenido que enfrentar a difíciles decisiones que han removido mi mundo y por consiguiente el pequeño mundo de mi hija.
No ha sido fácil. Esta decisión me ha alejado de mi ciudad y ha roto (aunque solo sean 4 días a la semana) nuestra familia. Nunca sabes por qué caminos te va a llevar la vida.
Quiero, -NECESITO- pensar que este sacrificio, esta separación forzosa servirá para traernos tiempos mejores. Y no puedo evitar sentir la culpa como una pesada losa sobre mí cada día, cuando tengo que dejar a Aitana en otras manos, que aún cariñosas, no son las mías. Cuando me mira con ojos interrogantes y rostro serio como diciendo ¿por qué te tienes que marchar?
Empieza un nuevo tramo, un nuevo reto, una experiencia... me pregunto si podré con todo.
domingo, 17 de agosto de 2008
Cuando tú y yo fuimos una (3ª parte)
Recuerdo estos días de julio, hace ya un año. Días de espera y desespero, de calor, cansancio, ilusión, rotundidad.
Los tres últimos meses de embarazo son los que más recuerdo, los que más añoro y los que más disfruté de ti, pese a todas las incomodidades derivadas de un vientre enorme, unos pies hinchados y un calor sofocante. Todo eso se olvida, y cuando miro hacia atrás prevalece la felicidad de notarte dentro de mí durante todo el día: al despertar por la mañana, al caminar, al dormir la siesta… Una sensación única cuya pérdida lloré después, pese a tenerte entre mis brazos. Tu papá no lo entendía, pero yo lloraba porque nunca más te notaría de esa manera, ¡qué locura! ¿no crees?
A los 7 meses y medio de embarazo dejé de trabajar y decidí esperarte tranquilamente mientras preparaba el “nido”. Ahora me doy cuenta de ya tenía todo lo que tú necesitabas: nuestro amor y la calidez de mis brazos, la tibieza de mi pecho y un hueco en nuestra cama. Ojalá lo hubiese sabido entonces.
Sin embargo esa actividad de pintar tu habitación que ahora es un lugar de juegos estupendo, lavar y planchar tu ropita, organizar la bolsa para llevar al hospital y demás preparativos me preparaban psicológicamente para tu llegada, cosa que ansiaba y temía, al mismo tiempo y no sólo por cómo iba a afrontar el parto sino en cómo sería todo con un bebé en nuestras vidas. Tú estabas muy cerca, más que nunca. Esa sensación de inminente cambio me mantenía en un estado perpetuo de irrealidad e hipersensibilidad extrema.
Ahora, sin embargo, todo quedó atrás. Tan sólo quedan recuerdos, retazos de momentos que nunca volverán: los paseos al atardecer del brazo de papá y deteniéndonos cada cinco minutos porque te revolvías, inquieta, ansiosa por salir a ver mundo. Las últimas noches de ser solo dos, llenas de mimos, abrazos y sueños. El calor sofocante de un mes de julio que me pareció eterno. Despertarme unas cinco o seis veces por noche, esperando notar alguna señal que me dijese que ya estabas llegando…
Todo eso quedó atrás. Ya son sólo recuerdos. Tú y yo jamás volveremos a estar tan unidas como entonces, tú y yo no volveremos a ser una, pero ahora que ya estás aquí, que comienzas a dar tus primeros pasos, a llamarme “mamá”, a descubrir la vida… no puedo creer que pudiera ser feliz antes de ti, porque como dice una bella canción “antes de ti yo no era yo”.
Antes de ti, Aitana, yo no era yo. Tú le has dado un significado en mayúsculas a mi vida. Y, aunque nunca estaremos tan juntas como antes de que tú nacieses, siempre estaré a tu lado en el largo aprendizaje que es vivir, ayudándote a aprender y aprendiendo de ti, siempre.
lunes, 7 de julio de 2008
Vos sabés
Hoy quiero compartirla con vosotr@s.
lunes, 2 de junio de 2008
Fiebre...

El domingo por la tarde, al despertar de la siesta la noté caliente. Tenía fiebre. En 10 meses es la primera vez que ha enfermado, y curiosamente ha sido tras la primera vez que nos hemos separado más de 2 horas. No puedo evitar relacionar estos dos hechos. ¿Casualidad? ¿O causalidad?
Esto me ha hecho pensar en lo rápido que enferman los niños y niñas cuando comienzan a ir a la guardería. ¿Enferman por la proliferación de virus y bacterias en los centros? ¿O se debe a la separación prematura de sus familiares? Tal vez sea un poco de todo. Somatizamos enfermedades que sólo existen en nuestra cabeza. Eso, los adultos, que disponemos de herramientas para reflexionar y meditar sobre nuestros problemas, nuestros miedos y angustias. ¿Qué herramientas posee un bebé para asimilar el dolor y el pánico que siente al no saber si mamá volverá a aparecer cuando le dejan en la guardería? Esa angustia ha de "salir a flote" de alguna manera, en forma de despertares nocturnos, pesadillas o tal vez de enfermedad.
Quizá sea casualidad, pero ¡qué casualidad!, que la primera vez que me separo de mi niña sea la primera vez que tiene fiebre. Me marcho a darle mimitos y mucho amor para que se cure.
jueves, 29 de mayo de 2008
Cuanto tú y yo fuimos una (2ª parte)
A medida que mi vientre crecía se disipaban los temores y las dudas. Mis días se empapaban de la cotidianeidad de la escuela, rodeada de niños y niñas. Así te desarrollabas tú en mi útero, escuchando sus risas y sus juegos. Pero al llegar a casa te cantaba canciones de cuna mientras me duchaba, y, después me deleitaba observando en el espejo la redondez creciente donde te escondiste durante 42 semanas.
Yo te seguía llamando “bichito”, mientras te acariciaba a través de piel y tejidos. Eras mi dulce interrogante, aunque he de confesar que en sueños intuía que eras la niña que hoy eres, como si tú me hablases a través de la corriente sanguínea, a través de los fluidos.
Recuerdo con gran emoción el día que pronuncié tu nombre con certeza. Fue a las 20 semanas de embarazo. El doctor, de serio semblante y voz un tanto fría, fue nombrando cada sistema de tu pequeño cuerpo. Todo crecía como debía. “Corazón… normal; riñones… normales…” Tus órganos aparecían en la pantalla y aunque yo no entendía nada, miraba ilusionada la oscilante y cambiante imagen, como en cada ecografía: una ventana a tu pequeño mundo. Finalmente el doctor preguntó si sabíamos el sexo del bebé, y si queríamos saberlo. Yo contesté que sí quería saberlo, y él respondió “sexo… femenino”. Una lágrima de emoción rodó por mi mejilla. Ya tenías nombre: ya eras Aitana. La felicidad eras tú.
A partir de ese momento, al ponerte nombre, la espera se hizo más real. Y, paradójicamente, a partir de ahí todo fue mágico. Los primeros movimientos, que comencé a notar unas semanas antes, aunque difusos, se hicieron patentes, como si dijeras: “sí, estoy aquí, estoy creciendo”. Bailabas en mi vientre al son de las canciones y de la música de violín que mamá comenzó a ponerte cada noche, antes de irse a la cama. Yo me dormía mecida por tu vaivén, y no sabes cómo a día de hoy todavía te echo de menos de esa forma.
Participabas de cada faceta de mi vida, integrada en mí, del mismo modo que yo participaba de ti y de tu crecimiento diario. Te agitabas en la escuela, al escuchar las voces agudas de los niños y niñas más pequeños, que comenzaban a preguntar por ti, por mi creciente barriga y por otros misterios de la vida. Sin embargo te quedabas quieta, dormida, cuando escuchabas mi voz y en los plácidos paseos de la tarde.
¡Cómo echo de menos aquellos momentos! Papá, más consciente de tu existencia, acariciando mi barriga, así nos dormíamos los tres. Los primeros regalos, minúsculos vestiditos que quedaron guardados junto a calcetines de “juguete”. Cada cotidiano acontecimiento en nuestra sencilla vida nos hacía soñar cómo sería cuando tú estuvieses a nuestro lado. ¡Cómo echo de menos imaginarte!
El segundo trimestre finalizaba mientras yo tachaba los días en el calendario, cada día era un día menos para verte, para olerte, para tenerte. Y sin embargo, nunca volveremos estar tan unidas como entonces, como aquellos días felices que ahora son sólo recuerdos… pero ni siquiera entonces pude imaginar que sería posible la existencia de un amor tan puro e intenso como el que ahora siento.
Continuará…
lunes, 26 de mayo de 2008
Menos tu vientre
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.
Miguel Hernández
El poema hecho canción en voz de Serrat
miércoles, 14 de mayo de 2008
Cuando tú y yo fuimos una (1ª parte)
(Primer trimestre)
Hoy quiero contarte, mi hija, cómo empezó tu existencia. Cómo, en el principio, tú y yo fuimos una sola, y compartimos el todo en un período de tiempo que se hizo tan eterno como breve, y que fue, sin lugar a dudas, una de las etapas más extraordinarias de mi vida, y, claro está, de la tuya.
Antes de existir siquiera, ya te instalaste en mi mente como una idea vaga de la felicidad. Y, pronto, dejaste de ser una idea a ser un propósito. Pronto, dejaste de ser un pensamiento indefinido y fuiste la esperanza común de tus padres. Sin darnos cuenta, vivías ya en nuestros corazones con la sola idea de tenerte.
No tuvimos que esperar mucho. Enseguida te anunciaste. Antes de tener la certeza ya intuía tu presencia: una incomodidad extraña, un dolor diferente al resto de meses me dio la pista. Sin embargo, papá tuvo que ver plasmado el positivo en el segundo test de embarazo comprado con urgencia porque no podía esperar más a corroborar lo que yo ya sabía: ya estabas con nosotros. En esos momentos no puedes imaginar lo que sentí. Era como asomarse a un abismo: vértigo, miedo, ilusión, felicidad… todos esos sentimientos al mismo tiempo. Tal vez porque intuía que ya nada iba a ser como antes, que semejante noticia abría una brecha en mi historia: antes y después de ti. Con la mano temblorosa sujetaba el test de embarazo a la vez que sonreía, nerviosa. “Esto es un sí, ¿no?” Y así papá se enteró, y nos fundimos en un abrazo que recordaré siempre.
Los días inmediatos a aquel día se desdibujan. Los recuerdos se confunden. Sé que queríamos esperar a darte a conocer, pero simplemente no pudimos o más bien fui yo la que no pude. Quería que todo el mundo lo supiera, quería compartir mi alegría con todos. Muchos de nuestros allegados se sorprendieron, “¿ya, tan pronto?, pero predominaron los abrazos y los besos, y los “enhorabuena” de corazón.
Recuerdo que había momentos en los que yo todavía dudaba de si estabas ahí o no. El estómago del revés me decía que sí. Gracias a eso, gracias a ti, dejé de fumar de inmediato. Te estaré siempre agradecida.
Recuerdo ahora esas primeras semanas de embarazo, cuando una todavía no se siente del todo embarazada, y teme dejar de estarlo. Cuando las hormonas hacen de las suyas y te invade un sueño horroroso cuánto menos te lo esperas. Cuando quieres ver por primera vez a tu bebé y no es más que un puntito negro flotando en un mar de ilusiones (pero es tuyo, es tu puntito)… En esas semanas tuve pérdidas (fue una vez y no se volvió a repetir) y casi sentí morir ante la posibilidad de perderte. Llegó el reposo, y llegó la desesperación, las dudas y el miedo. En ese tiempo trabajaba lejos de casa, unas dos horas y media de coche diarias. La doctora me recomendó reposo. Aunque el riesgo era leve, existía. Lloré durante casi una hora.
Y es que tú, tan diminuta como un alfiler, inundabas cada minuto del día. ¿Cómo podía ser? Menos mal que ahí estaba papá, cuidando de mí como no lo hizo nadie. Aguantándome, en cierta manera, mi mal humor, mis miedos, mis angustias… animándome y amándome, estando siempre a mi lado. Mis padres también estuvieron ahí. Mi madre, ¡cómo no!, ¡cómo la entiendo ahora!, también, dándome su amor en forma de guisos y ayuda incondicional.
Los días y las noches fueron largos, aunque ahora quedan tan lejos... La visita médica justo antes de las vacaciones de Navidad nos hizo respirar tranquilos. Tú seguías adelante, y ya no eras sólo un punto, eras un pequeño renacuajo con un fuerte corazón que ya latía. Fueron unas navidades inolvidables, sobre todo para nosotros tres.
El 2006 finalizaba, el año en el que tu padre y yo nos casamos, el año en el que tu corazón comenzó a latir, el año en el que dejamos de ser dos para ser tres, para ser la familia que ahora somos. El 2006 finalizaba, y con él el primer trimestre de embarazo. Una incipiente barriguita comenzaba a asomar, disipando los miedos, ayudándome a asimilar mi nuevo papel, el de madre gestante.
Continuará…
domingo, 20 de abril de 2008
Besos de leche
Los besos de mi niña huelen a leche tibia, a leche que brota de mis senos de madre y cuyo aroma retorna a mí en esos tiernos besos que hace apenas unos días ha aprendido a dar. En esos besos reside la dulzura infinita, el amor en estado puro, el instintivo vínculo primario forjado en el regazo.
¿Quién da? ¿Quién recibe? ¿Acaso hay algo más valioso que sus ojos, ávidos de observar el mundo? En sus cosas banales, en sus cosas profundas, pequeña exploradora de selvas de cajones, armarios y puertas que hace apenas unos días ha aprendido a abrir.
¿Quién da? ¿Quién recibe? ¿Acaso hay algo más valioso que ver nacer una sonrisa en sus pequeños labios? Feliz ante los sorprendentes misterios de tesoros que aparecen y desaparecen tras las esquinas, ante la frescura del agua, ante las diminutas piedras de un jardín, ante la jugosa riqueza de la sandía, ante la emoción del reencuentro tras un eterno instante de cucú.
¿Quién da? ¿Quién recibe? Ahora que comienza a abrirse al mundo tras nueve meses acunada en mi vientre y otros tantos en mi seno, vuelve a mí agotada, demandando la leche que nos une, la leche que materializa el vínculo invisible de la felicidad y me recuerda, cada día, que ella me hace madre.
De la maternidad tal y como la concibo o como estoy aprendiendo a concebirla gracias a ella, de mis sueños, de la vida, de la escuela, de palabras, de la infancia, de emociones, de versos extraños, de aprendizaje, de la felicidad tranquila, de reflexiones… instantáneas de mi existencia. De todo eso y más, cajón de sastre es este rincón.
Los besos de mi niña son besos de leche.

